Freud descubrió tempranamente que lo primero que el inconsciente revela es el complejo de Edipo -fundamento de nuestra cultura- reconociendo así, al padre como una función estructurante del mundo humano. Hoy, sin embargo, se debate si acaso este capítulo está cerrado y si efectivamente el padre ha desaparecido. ¿Por qué proponemos, entonces, trabajar la metáfora paterna en este momento civilizatorio de debilitamiento del orden simbólico, cuando parece imponerse el cogito soy lo que digo?
Hacia la década de 1950, a partir de su reelaboración estructural del psicoanálisis freudiano, Lacan desimaginariza el Edipo y lo replantea en las coordenadas de una operación simbólica en el campo del lenguaje que recae sobre el significante, proponiendo la fórmula de la metáfora paterna.[1] El Padre y la Madre se transforman así en funciones simbólicas, trascendiendo la referencia a la realidad empírica y a la biología. Desde esta perspectiva, lo decisivo no es la relación personal entre uno y otro, sino la relación de la madre con la palabra del padre, en tanto mediador de aquello que está más allá de su ley -la de ella- y de su capricho. Finalmente, se trata de la introducción de una ley capaz de barrar el goce primario y producir una significación a través de la cual el sujeto accederá a una posición deseante. En su formalización, Lacan distingue tres tiempos lógicos[2] cuyo atravesamiento -siempre fallido de algún modo- y sus vicisitudes, dará lugar a síntomas, suplencias e invenciones singulares. De ahí la relevancia clínica de situar la metáfora paterna en la dirección de la cura.
En los primeros años, el Nombre del Padre se pensó como la función esencial de normativización, el significante que representa la ley en el Otro simbólico. Sin embargo, más adelante, Lacan concluirá que no hay Otro del Otro, es decir que lo que prevalece no es la consistencia, sino, la inconsistencia del Otro -lo cual reduce el Nombre del Padre a la dimensión de semblante. Lacan arriba entonces, a una reformulación de la metáfora paterna que es posible escribir de la siguiente manera: Ⱥ/a para afirmar, luego, que la única y verdadera ley del padre, el agente de la castración, es la lengua misma: “El lenguaje cumple la Versagung fundamental, es el Nombre del Padre e incluso el superyó”.[3]
Será interesante indagar, entonces, en los casos clínicos de qué manera el tratamiento analítico, que transcurre en la vía de la palabra y bajo transferencia, rectifica la relación del sujeto con el goce y hace intervenir el Nombre del Padre. “La metáfora paterna, en el análisis, no proviene de cualquier prohibición paterna del analista sino de la ley de la asociación libre como tal”.[4]
Estamos convocados, pues, a retornar a los fundamentos pero no sin su actualización desde la clínica contemporánea, en un intento “de situar las cosas de las que hablan ustedes todos los días y con las que todos los días se hacen un lío de una forma que acaba por no molestarles siquiera”.[5]
La cita es en la Ciudad de México, los días 23, 24 y 25 de octubre de 2026. Los esperamos con entusiasmo para explorar conjuntamente estos interrogantes y elucidar los desafíos de la práctica analítica del siglo XXI que nos toca sostener.
[1] Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 2022, p. 533.
[2] Lacan, J., El Seminario, Libro 5, Las formaciones del inconsciente, Paidós, Buenos Aires, 1999.
[3] Miller, J.-A., “Las mujeres y el Otro”, El Otro que no existe y sus comités de ética, Paidós, 2005, p. 84.
[4] Miller, J.-A., “Observaciones sobre padres y causas”, Introducción a la clínica lacaniana, ELP-RBA, Barcelona, 2006, p. 144.
[5] Lacan, J., El Seminario, Libro 5, Las formaciones del inconsciente, óp. cit., p. 165.